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La corrupción asimilada con naturalidad en una sociedad es el síntoma más evidente de su ignorancia y falta de principios, “de las naciones civilizadas que se han vuelto de nuevo bárbaras

"Lo que pone en peligro la sociedad, no es la gran corrupción de algunos individuos, sino la relajación de todos" (Alexis de Tocqueville)

Erradicar la pobreza
OPINIÓN ı EL DIVÁN

Ciudadanos menos libres

| Marcos Ruiz Cercas

En estos últimos meses, tiempo en el que la ciudanía se ha desayunado, casi cada mañana, un  nuevo caso de corrupción –en múltiples ámbitos, además del político e institucional–, cabe preguntarse dónde está el límite de despropósitos que puede soportar una sociedad estupecfacta aunque, quizás, no especialmente beligerante con el profundo deterioro no sólo de su calidad de vida sino de la calidad de nuestra democracia. Cabe preguntarse, también, si todas las movilizaciones que se han llevado a cabo –que no son pocas– están siendo suficientes para promover un verdadero cambio, para mostrar un hartazgo explícito, para motivar una reacción en aquellos que ostentan los distintos cetros de poder, tanto en el terreno de lo público como en el privado.

Lo cierto es que, hasta antes de ayer, como quien dice, una parte importante de la ciudadanía era capaz de renovar su confianza en líderes y partidos que estaban infiltrados por múltiples casos de corrupción, como en la Comunidad Valenciana, paradigma de cómo esquilmar un territorio a manos de corruptores y corruptos. En este sentido, cobran pleno significado reflexiones como las de Tocqueville en su obra La democracia en América: “Lo que pone en peligro la sociedad, no es la gran corrupción de algunos individuos, sino la relajación de todos”, es decir, el problema con la corrupción está en la tolerancia que hacia esta aberración del sistema viene manifestando una sociedad que se muestra pasiva –si no benevolente– con prácticas inmorales que destruyen cualquier modelo de convivencia que se base en principios de igualdad, solidaridad y transparencia. En este sentido, lo que destruye una sociedad no es tanto que una parte de sus más altos representantes sean corruptos sino que la mayoría de la colectividad acepte eso como un mal inevitable, con la resignación propia de quienes ven en este tipo de prácticas un elemento connatural al propio sistema. Si eso es así, los riesgos de que la corrupción se generalice en todos los estratos sociales, que cale a todos sus ámbitos, que impregne –por acción u omisión– a todos y cada uno de los ciudadanos en su cotidianeidad son elevados e inevitables. Esa situación nos lleva, en línea con el pensamiento de Tocqueville, a concluir que la corrupción asimilada con naturalidad en una sociedad es el síntoma más evidente de su ignorancia y falta de principios, “de las naciones civilizadas que se han vuelto de nuevo bárbaras”. Para uno de los teóricos de la política más relevantes de la historia, Rousseau, la política es, sobre todo, pedagogía. Entonces ¿qué estamos aprendiendo los ciudadanos de algunos de nuestros políticos en puestos nada irrelevantes, ostentando una representación de gran trascendencia, con un poder legítimo que deslegitiman con hechos censurables que van en contra del interés general? Pues precisamente eso: que todo individuo debe hacer prevalecer su interés personal y material –esencial en una cultura ultracapitalista que venera con fiereza toda forma  de enriquecimiento, sea lícita o ilícita– por encima del interés de su comunidad. La eterna dicotomía “individualismo” versus “colectivismo”, que sería tanto como contraponer  una visión del “yo” frente al “nosotros”. Ya lo decía Maquiavelo cuando afirmaba que la corrupción genera la pérdida de interés por el bien común en las acciones de gobierno, priorizando los intereses privados sobre los de la colectividad. A partir de aquí, el pensador italiano entiende que la corrupción es una amenaza contra la libertad del individuo y de la propia sociedad. Por eso, en este país y en estos tiempos, cada día que contemplamos la primera plana de un periódico nos sentimos menos libres.

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