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Este crac económico de las clases medias las ha dejado inermes ante esa “clase ociosa” improductiva y especuladora que se ha enriquecido, más aún, con el batacazo de la sociedad productiva asalariada

Erradicar la pobreza
OPINIÓN ı EL DIVÁN

Parásitos

| Marcos Ruiz Cercas

En la “Teoría de la clase ociosa”, obra escrita en 1899 por Thorstein Veblen, su autor afirma que las clases sociales dominantes mantienen su superioridad a través del simbolismo del consumo y del estilo de vida. Las clases medias, embriagadas de fascinación, tratan de imitarlas y se ven incapacitadas para mostrarse beligerantes contra el sistema impuesto. De alguna manera, quedan alienadas por un consumismo masificado apoyado por la publicidad y los múltiples canales de difusión en los que se sustenta, mecanismo esencial de la economía de mercado que se retroalimenta al margen de necesidad razonable alguna. Quizás éste ha sido el error de base (la trampa) de esas clases medias, pues en el deseo de querer “poseer” han olvidado el “ser” y han asumido niveles de endeudamiento a través del crédito en la obsesión por imitar un estilo de vida que no era económicamente sostenible, como se ha visto después. Este crac económico de las clases medias las ha dejado inermes ante esa “clase ociosa” improductiva y especuladora que se ha enriquecido, más aún, con el batacazo de la sociedad productiva asalariada.

Hubo un tiempo–previo al estallido de esta Gran Crisis– que las clases medias de nuestro país alcanzaron un grado de desarrollo y bienestar desconocido hasta entonces, síntoma de un progreso económico y social del que España había sido protagonista destacada ante la mirada escrutante de las grandes potencias occidentales: el “milagro español”, lo llamaron algunos.

La realidad de las clases medias a lo largo de la crisis económica ha ido mutando a causa del impacto de la propia crisis y de las nefastas medidas económicas que desde las instituciones monetarias y políticas de ámbito supranacional se han implementado para minimizar el daño. A eso hay que sumar la incapacidad de unos gobiernos que no han sabido analizar e identificar algunos de los problemas fundamentales de nuestro sistema productivo para activar contramedidas de carácter estratégico que habrían alterado (para bien) el curso de unos acontecimientos ante los que el ciudadano medio no sólo se ha sentido inerme sino en una posición de aceptación y sumisión que lo ha transformado en víctima.

Uno de los problemas del sistema capitalista que ha generado esta crisis mundial ha sido la preponderancia del sector financiero –“capital prestamista” en la terminología de Veblen—frente al capital técnico-productivo (“capital creativo”); este último genera riqueza, el primero sólo es especulativo y, por lo tanto, improductivo. Lo que Veblen denuncia es que la economía mercantil ha dado “el usufructo de  las artes industriales” no a la comunidad popular que produce el trabajo y la ciencia sino a la faceta financiera de la economía, cuyos estrategas obtienen las ganancias.

Más allá de cuestiones mil veces analizadas sobre el excesivo endeudamiento de empresas y familias, del enquistamiento de sectores productivos sobredimensionados que generaron una dependencia económica suicida, provocando así la llamada “burbuja inmobiliaria” y la mala praxis de un sistema financiero amparado por una normativa laxa y unos entes reguladores escasos de recursos y carentes de talento por parte de sus responsables (no precisamente  funcionariales) nos abocaron a la mayor catástrofe económica que ha conocido nuestra historia reciente. Sin embargo, y a pesar del empobrecimiento generalizado de la sociedad, formada en su mayoría por trabajadores, lo sucedido debe interpretarse como una revitalización del concepto de “lucha de clases” en la interpretación de Veblen –no tanto de Marx– según la cual ésta no se desencadenaba entre el capitalismo —como sistema de detentación de los medios productivos— y el conjunto de los asalariados industriales (el "proletariado"), sino entre una clase ociosa, en parte compuesta por especuladores financieros (los "capitalistas"), y las categorías productivas de la población, los asalariados. Veblen reconceptualiza la dialéctica marxista del propietario de los medios de producción frente al trabajador-proletario para alumbrar una nueva estructura que se nos antoja de plena actualidad a la vista de las características de la crisis económica que sufrimos: la lucha de clases no enfrenta tanto a patrones contra trabajadores sino, de forma horizontal, a trabajadores-productores frente a “parásitos”, categoría en la que se incluyen todo tipo de especuladores pero, sobre todo, los financieros (verdaderas élites económicas); aunque también intermediarios de todo tipo que encarecen productos o servicios sin aportar valor añadido, presuntos empresarios advenedizos que no generan riqueza y contribuyen a la creación de “burbujas” en sectores “calientes”, elementos corruptos en ámbitos públicos y privados, defraudadores y evasores fiscales e, incluso, falsos “desocupados”.

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