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Los españoles somos un pueblo más próximo a África que a Europa, más cercano a las descripciones de Quevedo que a ese discurso rancio del españolismo patriotero que suele enarbolar la derecha de nuestro país

Erradicar la pobreza
OPINIÓN ı EL DIVÁN

Somos lo que somos

| Marcos Ruiz Cercas

Recientemente los ciudadanos de Madrid volvieron a echarse a la calle de manera masiva, por miles, profiriendo gritos, jaleando consignas, alzando los brazos, pintándose el rostro en gestos casi bélicos, animando al resto de observadores a unirse a la masa enardecida… cientos de policías ocupaban la calle, antidisturbios en sus “lecheras” tomaban posiciones en distintos puntos estratégicos, helicópteros sobrevolaban el cielo urbano, las cámaras de televisión tomaban imágenes panorámicas eliminaran cualquier duda respecto a la cifra de asistentes que ocupaban las arterias de asfalto cual riada humana. No, no era por los recortes económicos, ni eran empleados públicos a los que habían quitado la paga de Navidad, ni pensionistas, ni ninguno de los cinco millones de parados de este país… no eran ninguno de ellos; o quizás, sí. En todo caso, sean quienes fueran los hombres, mujeres, adolescentes y niños que se echaron a la calle, el motivo no era otro que la victoria de la selección española de fútbol en la Eurocopa 2012.

La sensación al contemplar la masiva celebración ciudadana descrita en el párrafo anterior, me lleva a pensar que el grado de autosatisfacción por el hecho de pertenecer a un país que es considerado una potencia futbolística –aunque esté al borde de la quiebra– pudiera ser directamente proporcional a la ignorancia de sus habitantes. Y es que, en esos momentos, parece que más allá de todas las desgracias que acumulamos como país, el fútbol nos reconcilia como un pueblo orgulloso de ser español. Lo demás no importa.

Resulta patético echar la vista atrás y recordar cómo, no hace mucho, en este país nos creíamos la vanguardia del progreso. Aquel “milagro español” que se materializaba en un crecimiento económico por encima de la media de la Unión Europea, una tasa de desempleo en mínimos históricos, un nivel de vida de nuestras clases medias que ya quisieran para sí muchos trabajadores cualificados de otros países del mundo que observaban atónitos cómo jóvenes trabajadores de la construcción, sin estudios, sin formación, ganaban 3.000 euros netos al mes, conducían vehículos de alta gama y miraban al futuro con la tranquilidad de aquellos que están cansados de escuchar que el sector de la construcción y el inmobiliario eran el motor de nuestra economía y así sería durante décadas –empezando porque la vivienda nunca dejaría de revalorizarse y, por tanto, se revelaba como la inversión más segura– gracias a la cadena de intereses a la que habían dado forma los bancos, las promotoras, las tasadoras y los incautos –y ambiciosos– españolitos. Y todo con la anuencia de una Administración central que allanaba caminos –liberalizando suelo– y muchas locales que llenaban sus arcas y sus bolsillos, alimentando un volumen de corrupción inédito hasta entonces.  José Luis Rodríguez Zapatero siguió después la senda marcada por la política del Gobierno Aznar, una herencia envenenada porque ante la aparente opulencia del tiempo presente, ocultaba una bomba de relojería que activó Rodrigo Rato –ministro de Economía y vicepresidente económico entre los años 1996 a 2004– y que habría de estallar poco tiempo después, en el año 2008. Unos meses antes de aquella fecha, el entonces presidente del Gobierno, hablaba de que España estaba en la Champions League de la economía, alzándose como octava potencia económica del mundo y presumiendo de tener un Producto Interior Bruto superior al de países como Italia. Pero aquello no era cierto: era una percepción errónea de la realidad, un buen viaje psicotrópico que traería consigo una insoportable reentrada al plano de lo real, un reencuentro con nuestra verdadera esencia cultural.

Y es que los españoles somos un pueblo más próximo a África que a Europa, más cercano a las descripciones de Quevedo que a ese discurso rancio del españolismo patriotero que suele enarbolar la derecha de nuestro país, aderezado con los colores de la bandera –adorno de su propiedad, apropiación indebida de un símbolo devaluado– en forma de barato merchandising. Somos un país que confunde el término “emprendedor” con el de “negociante”; en el que la idea de progreso nunca estuvo asociada a lo tecnológico, sino al ladrillo; la capacidad de trabajo poco tenía que ver con la productividad, sino con las horas de presencia; la reinversión no era en la propia empresa, sino en el bolsillo de sus propietarios; el turismo no era cultura, profesionalidad y trabajo, sino barra libre, borracheras y pachanga.

Supongo que ahora, después de ver cómo nos han RESCATADO –mostrando nuestras vergüenzas públicamente– y de saber que somos un país INTERVENIDO, seremos conscientes, al menos, de que aquello que nos contaban no era cierto, que somos lo que somos, una nación hecha de retales en la que sin duda compartimos algunos rasgos comunes: la picaresca, la mediocridad, la insolidaridad, el escaqueo, la ley del mínimo esfuerzo y la pasión por el fútbol. ¡Viva España!

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